28 oct. 2008

Ensayo sobre unas conferencias/lecciones de Michel Foucault en París







Michel Foucault. Genealogía del racismo



("Genealogía del racismo" es la transcripción del curso que dio Foucault en el Collége de France entre fines del año 1975 y mediados de 1976).



Para empezar a comprender en que consiste este complejo estudio de Foucault, deberemos aclarar ciertos conceptos iniciales. Como él mismo define en su primera lección, genealogía significa: “Acoplamiento de los conocimientos eruditos y de las memorias locales; el acoplamiento que permite la constitución de un saber histórico de las luchas y la utilización de este saber en las tácticas actuales”. Es decir, toma el concepto Nietzscheano de genealogía como el registro histórico en relación a las disputas entre distintos saberes. La noción de poder según Foucault se fundamenta en una relación de fuerzas contrapuestas que siempre interactúan con otras fuerzas. Poder como ejercicio fáctico que obliga al cambio en las acciones de los sujetos y sus modos de vida. La historia esta llena de grupos que arrogan el poder e instituyen como verdad un discurso dominante. El despotismo y absolutismo mono-cultural devienen en fanatismo e intolerancia, exclusión y sometimiento de otras culturas.
En segundo lugar habrá que hablar del poder. Siendo un despliegue de relación de fuerzas, deberá ser analizado en términos de lucha, de oposiciones y de guerra. El artilugio del poder es esencialmente represivo y el poder es guerra. Pero como dijo Clausewitz, la política es la guerra continuada por otros medios. Conclusión, el poder es igual a la política (ambos contienen la naturaleza bélica).
Diría Foucault que, el poder político en esta conjetura tiene de hecho el papel de inscribir sempiternamente, a través de una guerra silenciosa, la relación de fuerzas en las instituciones, en las divergencias económicas, en el lenguaje etc.…
En vez de orientar la indagación del poder como institución jurídica de la soberanía y como aparato de estado con las ideologías que lo custodian, se la debe orientar hacia la supremacía, los operadores materiales, las formas de sujeción y los mecanismos estratégicos. Las técnicas y tácticas de dominación.
Foucault plantea la siguiente pregunta a raíz de este planteamiento, ¿Por qué la teoría de la soberanía ha persistido como ideología y como principio de organización de los grandes códigos jurídicos?
Por una parte, en el siglo XVIII y XIX, fue un aparejo crítico contra la monarquía y contra todos los obstáculos que podían oponerse a una sociedad disciplinaria. Por la otra, ha permitido superponer a los mecanismos de la disciplina un sistema de derecho que ocultaba la eventual técnica de dominación, garantizando el ejercicio de los propios derechos soberanos. Pero objetivamente Foucault llega a la conclusión de que el modelo jurídico de la soberanía no es apto para fundamentar un análisis concreto de la multiplicidad de relaciones de poder. En lugar del triple preliminar de la ley, unidad y del sujeto, es necesario adoptar el triple punto de vista de las técnicas, de la heterogeneidad de las técnicas y de sus efectos de sujeción. Como dice él, nos interesa la fabricación de sujetos más que la génesis del soberano. Después de las guerras civiles y religiosas del siglo XVI, al discurso jurídico-filosófico sostenido hasta aquél momento le sucede el discurso histórico-político. La “contrahistoria” es el primer discurso histórico-político de occidente, y embiste contra las historias sustentadas en la concepción filosófico-jurídica del contrato, es decir contra los saberes subjetivos que intentaban institucionalizar, contra la invención en forma de historia. Quiere mostrar que el poder, los poderosos, el rey, las leyes, han ocultado el hecho de haber nacido de la casualidad y de la injusticia de las batallas. A sus victorias corresponde nuestra derrota. Adquiere su elaboración por parte de una aristocracia decadente. Introducen el modelo de la guerra para pensar la historia y elaboran la primera historia no-romana. Con ellos se manifiesta una nueva forma de continuidad histórica; el derecho a la rebelión. El acontecimiento inaugural de las sociedades es la invasión. Esta singularidad describe los choques entre etnias como los normandos y los sajones o los galo-romanos y los germanos. En su línea más general sostiene que el poder político no aparece cuando culmina la guerra, esta nunca desaparece, se encuentra presente en todos los momentos históricos. El derecho, la paz, las leyes nacen de los conflictos, las victorias, las derrotas, las batallas incesables que se suceden. Constituye el motor de las instituciones y el orden. La paz hasta en sus mecanismos menores, hace sigilosamente la guerra. No existe un sujeto imparcial. Somos el contrincante de alguien. En el origen de la historia se encuentran una serie de hechos físico-biológicos y una serie de caos y contingencias. Elementos psicológicos y morales. Un entramado de cuerpos, pasiones y casos, cubierto de una frágil y superficial racionalidad progresiva, que se hace abstracta ha medida que avanza. Racionalidad que quieren aprovechar todos aquellos que han salido victoriosos en última instancia de esa lucha de fuerzas y la quieren hacer inamovible para alcanzar sus propios intereses. Se va tejiendo un discurso que se desarrolla enteramente en la dimensión histórica; historia carente de bordes, límites y fines. Prácticas discursivas que constituyen fuerzas cuya dirección es modificable. Los saberes ocupan un campo estratégico y son elementos de tácticas variables, en definitiva son discursos-fuerza. Foucault muestra que las tramas epistémicas pueden ser independientes de las tesis sustentadas y de las posiciones políticas.
A partir del siglo XVII, se revela la idea según la cual, la guerra constituye la trama interrumpida de la historia. Sigue desarrollándose detrás del orden y la paz y divide la sociedad de un modo binario. Surge la guerra de razas.
Pronto se habla de diferencias étnicas y de lengua. Se produce paulatinamente el desarrollo de un racismo biológico-social. La otra raza no es la que llega de afuera, sino que se produce un desdoblamiento dentro de la misma raza, en forma binaria entre una super-raza y una sub-raza. En realidad se trata de etnias, pueblos que se definen por una lengua, por usos y hábitos comunes. El racismo de algún modo nació cuando el tema de la pureza de la raza, sustituyó al de la lucha de razas. Representa el discurso revolucionario, pero invertido. La noción de raza cambiará en el siglo XIX, donde adquiere un sentido propiamente biológico, afectado por el evolucionismo y las teorías de degradación de los fisiólogos. Un racismo de estado, centralizado.
Volviendo al tema de la fuerza y sus múltiples caras, según Thomas Hobbes, lo que crea el estado de guerra es lo aleatorio de fuerzas original, aunque desde mi punto de vista hoy no existen este tipo de guerras porque el estado civilizado ha encontrado la paz en la desigualdad de poderes y fuerzas. Las distancias son enormes. Sólo quedan escollos puntuales.
“Defender la sociedad” es el nombre que da Foucault a este curso que gira sobre la guerra de razas y su conversión en racismo de estado. La bio-política es la presencia de los aparatos del estado en la vida de las poblaciones. Como ejemplo tenemos la figura de la muerte que analiza Foucault en la undécima lección, y sufre una descalificación simbólica progresiva. Lo que interesa a la soberanía triunfante es la vida de la especie. Antiguamente la soberanía hacía morir o dejaba vivir, pero con la tecnología del bio-poder, un poder continuo y científico, aparece, el hacer vivir. El poder no esta interesado en la muerte ya, sino en la mortalidad. Sobre todo habrá que disponer mecanismos reguladores que, en una población global, puedan determinar una ponderación, conservar una media, establecer una especie de homeostasis, asegurar compensaciones. Así lo explica Foucault, son mecanismos de seguridad en torno de todo lo aleatorio en las poblaciones vivientes. Nada que da fuera del alcance de la bio-política.
Lo que interesa es la vida de la especie, su multiplicación, la seguridad de los conjuntos y la fortaleza de sus descendientes. Una nueva sociedad centrada sobre la base de los mecanismos del bio-poder. El racismo es la condición de aceptabilidad de la matanza en una sociedad en que la norma, la regularidad, la homogeneidad, son las principales funciones sociales.
En definitiva en vez de preguntar a los sujetos ideales que es lo que ceden de sí, habrá que preguntarse que es lo que hacen de nosotros, en que nos convierten. Analizar las relaciones de sujeción que pueden fabricar sujetos. Observar como esas relaciones de fuerza convergen unas en otras o como se anulan. Es un juego despiadado donde estos impulsos se entrecruzan. Con la evolución de los estados desde el medioevo hasta la modernidad, las instituciones de guerra y las prácticas que aplican se han modificado paralelamente. Primero se concentraron en manos de un poder central que era el único que tenía el derecho y los medios de hacer la guerra, para pasar posteriormente a una ocupación profesional y técnica de un aparato mayor, un estado dotado de instituciones militares. Una sociedad atravesada por relaciones bélicas desde lo más bajo hasta su forma más superior. Surgiría justo después del fin de las guerras religiosas, final de del discurso filosófico-religioso y comienzo de las grandes luchas políticas de finales del siglo XVI y comienzos del XVII en Inglaterra y Francia (discurso histórico-político).
La guerra es la cifra de la paz, como dice Foucault, desgarra permanentemente todo el cuerpo social. Nos sitúa en un campo o en el otro. Un discurso donde la verdad funciona como un arma para una victoria partidaria.
La guerra es un instrumento de análisis de la historia y sus disputas sociales. Boulainvilliers nos muestra una formulación rigurosa de todo este proceso y sus avatares en el caso de Francia con máxima exactitud. Todo concluye con un discernimiento de la historia a partir del siglo XIX, que se modula sobre la lucha de clases y el enfrentamiento biológico.
Al margen de las tendencias políticas que han sobre volado Europa en los dos últimos siglos y sus ideologías de base, Foucault es capaz de descifrar intenciones racistas tanto en el nazismo como en los orígenes socialistas. Toda semilla política esta impregnada de estas fuerzas partidistas y sectarias que desembocan en los totalitarismos del siglo XX, incluidas tendencias más minoritarias pero no menos radicales como el anarquismo. Aparatos de control que dividen y ven a su adversario sea en forma económica como los banqueros o puramente étnica o biológica (las dos están interrelacionadas) Se aprecia una violencia subyacente de fondo y una tendencia a el uso de la fuerza, marginación o exterminación del otro. El enemigo a eliminar.
Hoy en día nos encontramos en un conflicto globalizado entre dos fuerzas definidas. La lucha sin cuartel de unas democracias tecnocráticas excluyentes y amenazadoras por la violencia que ejercen en sus sistemas educativos, su publicidad constante, sus mensajes de revancha, sus instituciones bélicas en forma económica, en el infinito numero de intereses enfrentados en cada rincón del planeta por la hegemonía mundial. Una hegemonía política, económica, estratégica y social.
Por el otro lado, esos cuerpos sociales indefinidos, sin voz real que defienden la diversidad cultural y el derecho del ciudadano a mantener su libertad en forma de diferencia. Pero una diferencia que no sea excluyente, sino incluyente como valor cultural y riqueza en la forma de intercambio de culturas. Esta es la guerra actual. El poder hegemónico es creador de un proceso que arrasa con la diversidad y con los derechos a la identidad cultural y a la individualidad de los ciudadanos. Como consecuencia de estas pugnas se producen movimientos de reafirmación de nacionalismos identitarios como reacción a la homogeneidad que ofrece la mundialización. El verdadero problema de la desaparición de la diversidad cultural se plantea desde la resistencia del otro. Desde ambos lados de las fuerzas de choque existen el rechazo del otro y una afirmación identitaria que se opone a la alteridad. La identidad ha quedado subyugada a la intensidad de las transformaciones de la realidad social marcada por el poder homogeneizador y monopolizador que dicta la uniformidad de modos y estilos de vida por medio de transformaciones económica, sociales y culturales, imponiendo modelos netamente foráneos a la cultura sometida.
La cultura se encuentra en el foco de una dialéctica entre mecanismos de dominación y resistencia. La problemática actual se encuentra en la resistencia a la dominación ideológica desde una perspectiva de hegemonía y la revalorización de los derechos identitarios de cada individuo, en tanto parte integral de un grupo social, perteneciente a un entramado de subjetividades que se debate entre fuerzas de homogeneización y fragmentaciones simbólicas, culturales y políticas.

1 comentario:

silvi orión dijo...

ticktock (medelia)
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