29 jun. 2009

Paulovsky contra el tiempo 3

Paulovsky regresó a casa del trabajo como cualquier otro día, tras una larga jornada de 14 horas. Allí malgastaba el tiempo colocando arandelas en sus respectivas tuercas, para evitar el roce entre las dos piezas de una cadena de fabricación de estufas de carbón. Así pasaban los días, e iba amontonando en su memoria todas sus horas muertas en la fábrica. Una colección de no-momentos. Una vida no vivida, difícil de igualar en insustancialidad. Más bien, se podía igualar con un autómata antes que con un hombre, si por eso entendemos a un ser humano que dirige su vida y es dueño de su tiempo, al menos parcialmente. Así sucedió, que tras el velo de sus ojos se acumulaban las noches como despedidas y la bruma de los despertares fríos, silenciosos, anteriores a la aurora. Aquel instante en que las calles eran presas de la luna, que estampaba su luz en las aceras y los tejados, en las mezquinas construcciones impersonales de las fábricas del anti-hombre. Sólo algunas esquinas oscuras y los ángulos muertos de las vías descuartizadas por la erosión de la pobreza, daban cobijo a los seres del inframundo. Borrachos, fracasados, yonkies, que algún día arrojaron la toalla. Un día, aparentemente como cualquier otro, Paulovsky se levantó en su minúsculo piso, el cual compartía con otras tres familias supervivientes de la ex-unión soviética, traspasó el pasillo entre goteras mientras todos dormían y llegó a la cocina. Platos mugrientos, la nevera vacía y un gato famélico le esperaban. No pudo ducharse, porque les habían cortado el agua hacia unos meses por retrasos en los pagos. La mitad de los inquilinos con los que compartía el piso estaban en paro desde que cerraron la central nuclear del pueblo, la cual daba trabajo a más de la mitad de los ciudadanos del lugar. Cobraban una mísera pensión del estado, que invertían en botellas del vodka más humilde y latas de cerveza “Stepanraiser”, la de menor calidad y mayor graduación del país. Ante este panorama, Paulovsky prefería no enfrentarse a una situación encasquillada de por sí, sin visos de cambio en un futuro cercano. Bebía dos lingotazos de un vodka ucraniano de contrabando que había conseguido en el mercado negro a un precio más bajo, fumaba la colilla de algún pitillo mal apagado el día anterior y salía de casa en dirección al trabajo con la misma vocación de desolación que un ángel exterminado antes de tiempo puede sentir. Sudoroso, ojeroso y con el estómago herido recorría una distancia de 15 kilómetros hasta llegar a su puesto de producción. Como era lógico, un día Paulovsky no pudo más y decidió dar un cambio drástico a su vida. Ya que no podía disfrutar de los días ni del escaso sol que visitaba la comarca, emprendió un carrera poética, no por ello menos autodestructiva, de contemplar las noches y sucumbir al insomnio. Lo único que le pedía el cuerpo al llegar a casa era beber hasta perder el sentido u olvidar el día anterior en la fábrica. En eso invertía el dinero ganado durante duras jornadas de 14 horas. Les pagaban por días y apenas le duraba los rublos una noche en sus manos. Asumió que solo disponía de tiempo para dormir o emborracharse. Y asumir que sus compañeros de piso ganaban prácticamente lo mismo que él estando en casa, fruto de la pensión del estado le desolaba enormemente. El gobierno parecía premiar una política de hombres dependientes antes que estimular una sociedad útil y trabajadora, reconociendo las virtudes y los derechos de sus proletarios. Ellos por quedarse en casa gozaban del mismo sustento económico y además gozaban del tiempo a su antojo. Volviendo a su reflexión anterior, reconocía que dormir era una actividad beneficiosa para su salud, pero que el único rato que tenía de disfrute para sí mismo eran las madrugadas. Todo era una bola de nieve inmensa. Cada vez descansaba menos, para poder emborracharse a solas y provocar el estallido de ciertas ensoñaciones solitarias, casi literarias…Solía bajar a la zona de recreo común que se asomaba en frente de su edificio. Vivía en una ciudad dormitorio a las afueras de San Petersburgo, donde las torres de apartamentos se construyeron a comienzos de los 70, al más puro estilo Estaliniano. Cuatro bloques de hormigón y en medio un rectángulo de mala hierba con cuatro columpios oxidados donde jugaban los niños. En aquella comunidad, eran los únicos que aún no habían perdido la capacidad de sonreír. En los gélidos inviernos, más de un hombre apareció congelado en los columpios con el torso al descubierto. Las condiciones eran extremas. Como dije, Paulovsky bajaba sólo al patio y se sentaba en el banco más apartado, que sería una especie de nave espacial donde iniciaba exploraciones galácticas. Lejos de los borrachos del barrio, casi como un ritual, contemplaba las estrellas y las constelaciones que se dejaban ver en cada estación del año. Se preguntaba si algún día él, también podría viajar hasta allí, como la famosa tripulación del Vostok 1 en 1961, con Yuri Gagarin a la cabeza. Paulovsky reía sólo, bromeaba con la vida que llevaba, e incluso a veces hasta lloraba de emoción. Era muy consciente de la dificultad que conllevaba aislarse del mundo ilusorio que le rodeaba. Un mundo ficticio cargado de maldad y falto de valores. Su dignidad se convirtió en un escudo férreo contra la soledad y la falta de esperanza. Paulovsky era un alma bondadosa que pocos conocieron. Tenía sólo un amigo que emigró a Kazajistán en busca de una nueva vida hacía ya dos años. Aquello le apenó enormemente, pero soñaba con ganar suficiente dinero para poder visitarle algún día y compartir juntos un buen cordero en las montañas, aderezado con especias imposibles de encontrar allí donde el vivía, allí donde el aceite de las máquinas era el único olor que reconocía familiar. Aún así, el cielo estrellado de verano, incendiaba su imaginación, pensando en como estaría su amigo Nikita, si habría encontrado una mujer y en las largos poemas de Pushkin que compartían antaño. Así pasaba sus noches hasta que llegaba la hora de regresar a la fábrica. Pero las cosas fueron cambiando y surgieron graves problemas. Paulovsky fue sucumbiendo ante el peso del tiempo vencido. Fue aplastado por sus propias ilusiones. ¿Cuánto puede aguantar un gladiador ante una fiera salvaje sin comer ni descansar? El alcohol dejó de provocarle fantasías y ya casi bebía por inercia, para escapar a los fantasmas del trabajo, para relajarse y cortar su último asimiento con la sociedad. La frustración llegó a puerto, y se fue adueñando de sus horas. Los días se volvieron aún más grises e interminables y las noches cada vez más cortas. Bebía sin parar, como alguien que está buscando su final. Asumió que nunca tendría tiempo para realizar sus sueños. Un día le despidieron del trabajo, pero como no vivía en la época comunista, ni una pensión pudo consolarle. Había dedicado 15 años de su vida a un trabajo esclavizador y mal remunerado, con el que pagaba las pensiones a los viejos héroes del pasado, y ahora se encontraba en la más absoluta indigencia. Ahora vagabundeaba por el parque con todo el tiempo del mundo, pero estaba irreconocible. Era un corazón muerto, asustadizo, con el alma partida en dos. El antiguo brillo de sus ojos se había desvanecido, y ahora sólo quedaba una mirada febril, cansina. De frío y desesperación. Hasta que un día ocurrió el milagro. Dios nunca carga sobre los hombros de un hombre más peso del que puede cargar, le dijo hace tiempo un maestro. Ya cercano a la muerte y en la inanición, un día alguien se le acercó.

  • Querido Paulovsky, que han hecho de ti, ¿por qué estás ahí tirado como un pobre?

  • ¿Quién eres?, balbuceó en un esfuerzo descomunal

  • Soy tu amigo, alguien que te quiere y nunca te olvidó

  • Yo sólo tengo un amigo y me abandonó…susurró

  • No, tú tienes un amigo para siempre y ha venido a buscarte

  • ¿Nikita?, preguntó

  • El mismo mi querido y admirado Paulovsky, es hora de regresar a casa. Te llevaré conmigo a aquel lugar donde aún existe el tiempo. He venido a rescatarte

Paulovsky estalló en un llanto como un bebe, y no dejo e acariciar la cara de su amigo Nikita hasta que se perdieron en el horizonte. Nikita lo llevaba en brazos, sereno y con la mirada tranquila. Ahora viven en Kazajistán.

Todo lo que hacemos en la vida es trascendente, transforma el universo. Todo el amor que damos regresa en sus múltiples formas. Así es la voluntad de Brahma.


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