05/09/2011

Givers and takers



La libertad es un caballo sin nombre al que jamás nadie (que no esté iluminado) ha visto. No se la debe nombrar. No debemos camuflarnos tras su piel invisible. La libertad debe existir, pero es incognoscible. No se la puede llegar a conocer. Pretenderlo es encerrarla en un concepto, intelectualizarla. Por supuesto, nada tiene que ver con el deseo de ser o el anhelo de sentir algo. A la libertad sólo se llega desde la humildad. Sólo quien ha perdido todo, está en disposición de acercarse a ese misterio. Da igual donde pongas tu vida, en dónde la deposites, siempre que sea desde el amor y sin esperar nada a cambio habrás acertado. Porque la libertad no es poder tomar decisiones, la vida decide por nosotros, su “Dharma” es inmensamente poderoso. La libertad en todo caso, es aceptar lo que venga sin dejar de compartir y dar lo mejor que tengamos, lleve donde nos lleve ese camino. Ahí se acerca la libertad a lo humano. No hay mayor aproximación a la libertad que el entregarse a lo otro, que el desear dar lo mejor a otra persona sin ambiciones de perfección ni ideales de plenitud, tan solo cuidar lo que tenemos a nuestro lado. Cuidar significa anteponer al otro. Ahí sí que dejamos de ser una ilusión y nos conformamos como personas, definición de algo sagrado y elevado: la persona desde lo impersonal. La libertad es humildad, jamás capricho y egoísmo. Libertad es renunciar a todas las imágenes que construye la mente y a todos sus deseos por el simple hecho de cuidar algo pequeño. En lo pequeño se encuentra le eternidad, el instante preciso y perfecto que nadie mira. Lo real es invisible al ojo humano, cada momento es un milagro que la mente no es capaz de ver. La libertad no es “humana”, no se desarrolla en el campo de la razón ni de los instintos, es conciencia. La “realidad” es fragmentaria, no existe continuidad en este mundo. Conciencia es despertar a la vida, la vida es algo inmensamente grande y a la vez se resume en nosotros, en lo pequeño: discernir lo que “es” de lo que “no es”, es un buen comienzo. La libertad no es tener derecho a sentir esto o aquello, eso viene dado por definición, es inherente al hombre. La libertad no es un derecho, pero sí una responsabilidad, es saber acercarse al bien y sólo al bien, sabiendo que por el camino haremos el mal, y no está a nuestro alcance el recorrer otra senda. A la libertad le precede la aceptación del vacío. Libertad tiene que ver con reconocer que no somos libres, con saber que renunciar a un universo de fatuas ilusiones no es dejar de ser uno mismo, ni que por ello estamos entregando algo que nos pertenezca. Nada nos pertenece, excepto la verdad del amor. Intentar llegar a ser eso nada tiene que ver con lo humano ni con lo preestablecido en el lenguaje, es algo brillante y sutil, originario, inmanente a la existencia, es reconocer que como trasfondo de todos los deseos, las disputas, las enfermedades, y las ambiciones de crecer, subsiste algo trascendente que une origen y final, la esencia que reside en la conciencia universal. El amor entre dos personas sólo puede ser pleno desde ese lugar, todo lo demás es un juego de espejos, interpretaciones a la luz de la razón y la imaginación, donde nada es lo que parece. Allí todo es efímero, como lo son las ideas y el futuro. El amor entre dos personas es gracia de Dios, es un regalo divino que se concede a muy pocos, en todo caso, a aquellos que son capaces de disolver su ego y brillar en las imperfecciones de lo dado, de lo otro, de lo que no necesita consuelo ni alimento para poder decir: he llegado. No hay estación final para la mente y las emociones, dos insaciables máquinas para construir expectativas. La libertad no es decir: ¿qué puedo esperar yo de la vida? ¿Cuántas cosas puedo realizar? ¿Cuántas historias puedo acumular? La libertad es dar sin esperar nada a cambio. La libertad es decir, voy a vaciar todo lo que tengo en ti y nada habré perdido, nada me pertenece. Todo me ha sido concedido y yo soy tú, tú eres yo. Por esa razón, poco importa dónde te quedes, dónde pongas el freno, qué escojas, qué vida lleves, a quién ames, todo lugar es potencialmente sagrado, todo espacio es trascendente, toda persona es Dios y nada más que eso para el que sabe mirar. La libertad en definitiva es saber mirar, sabiduría, lo contario a la oscuridad y  a la ignorancia.

En ese verdadero fluir puede que la libertad sea humana, sea fuente de grandeza. Sin propósito ni meta, tan sólo río vertical entre la tierra y el cielo abasteciendo a la humanidad.
Queridas amigas, queridos amigos, la libertad no está ahí fuera, no es de este mundo, es anterior. Es ese caballo sin nombre que jamás nadie vio pasar, está en nosotros. La libertad no es decidir lo que es bueno o malo para nosotros, no lo podemos saber. Es tomar lo que la vida nos pone delante y cuidarlo hasta el final. Se llama Amor y casi nadie lo conoce.

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