21 abr. 2011

En apoyo a Jaime Gil de Biedma




Ya no soy aquél joven
que aterrizó en Londres para descubrir el arte,
el mismo que creía anotar en su libreta,
lo que ante sus ojos de la vida iba captando,
ni aquél que por entonces
vagaba madrugadas en busca de misterios,
el ilusionista que dormía en las esquinas,
el rastreador de huellas literarias.
Ya no soy el devorador de sueños,
propios y ajenos, que cruzó
el canal de la mancha,
para descubrir boquiabierto,
la representación y la función
en los grandes teatros de París.
Poco queda de aquellos viajes a Sao Paulo,
Río, la Habana o Viena
en busca del amor.

Desde que apareciste,
poco o nada queda, del joven
que todo esto vivenció.

Cómo pasa el tiempo, conocerte fue creer
que del mundo saldría vencedor,
que nuestro amor,
era el legado de los dioses.
He creído y creo en ti, desde la plenitud
de los tiempos, desde el milenario palpitar
de los amantes,
desde lo indestructible del sentir.
A tu lado fuimos poderosos e intocables,
y entonces, ¿qué nos pudo suceder?
¿Fue acaso la velocidad?
¿La falta de atención?
¿La contienda? ¿Las prisas por llegar?
¿El desequilibrante clamor de las imágenes?
o quizás, tan sólo sucedió lo que tocaba:
la vida se nos llevó por delante.
Sus argumentos son
de una claridad insondable, y su vacío
el morir en vida de los amantes.
Su dolor, lo asombroso de la duda.
Las infinitas galaxias son como el amor,
finas formas soñantes que penden de la nada
hasta que la vida, con desgana, las destierra
al olvido, a un espacio sin nombres
donde el lenguaje fracasa, no llega

Cómo pasa el tiempo, conocerte fue creer,
aún recuerdo el primer día,
tu trazo de luz en la noche oscura,
nuestra alcoba, los viajes al sur, las lecturas,
de un hotel en Bruselas al sol en Santorini,
caminar entre los perros de Atenas,
bañarnos de colores en la India,
hacer el amor en el rompeolas,
viajar en un coche dorado, desde chicago
a Nueva Orleans y San Francisco.

Le he pedido a Dios infinitas veces:
"por favor, cuida nuestro amor,
no juegues al azar con nuestros sueños"…
Pero pasan los años, inevitables, como
el tiempo y su mecánica.
Así la ley que derrama su sangre
en las miradas limpias de los jóvenes,
y es que a decir verdad,
como todos los jóvenes vinimos,
a llevarnos la vida por delante,
y en ese frenesí
de festejos y cálidas noches de verano,
donde todo eran sonrisas, belleza, aplausos,
sucedió la muerte, lo más real,
lo que ningún joven quiere aprender.

Aún recuerdo el primer día, quien lo iba a decir…
ya entonces de mí la juventud se despedía,
verte crecer era morir dos veces,
el contar uno a uno los recuerdos,
como el naufrago
metódico que contase la olas
que le quedan para morir,
y saber que volver es imposible,
pero a lo imposible, quizás lo venza un milagro:
Que cuando la vejez llame a tu puerta
y seas belleza tranquila,
tú cruces continentes y llames a la mía,
así, en ese nuevo conocernos,
como escenario sin obra, ajenos
al tiempo, mirarnos a los ojos, entregarnos,
vencer, como un velero
que se quedara dormido en medio de los mares,
y en su soñar contigo,
en ti, ya lejos de los hombres,
resucitara al final de las eras.

Quien pudiera decir:
está bien, esto se acaba, aquí
no queda nada,
toca desaparecer, gracias por el viaje,
por haberme enseñado a partir,
a que el amor es extinguir todo el mí en ti,
y así lo eterno,
se torne natural.
¡Ay!, ¿quién pudiera?


(Este poema contiene sulfitos y algún que otro verso adaptado de Jaime Gil de Biedma, Luis Rosales y Pere Gimferrer)


10 abr. 2011

Advaita vedanta




A Charo Urdampilleta

Abro los ojos a la inmensidad,
soy la vida, la conciencia y su abismo,
la profunda eternidad, la localización
exacta donde vida y muerte
se confunden, la alegría infinita,
la mente serena, el espíritu despierto,
el sonido, el silencio.
Pendo de un mirador imaginario
en el que la ilusión* se resquebraja,
pero le gana un salto en mi interior,
donde el ojo no ve, donde la mente no piensa. *
Soy yo, la que lo abarca todo,
miles de galaxias, nebulosa, vía láctea,
están dentro de mí. Existo desde que todo
es. Desconozco el tiempo y el espacio,
sólo soy una,
lo único, lo demás son palabras e ideas.
Nadie puede moverme,
soy más sólida que la roca,
abraso como el fuego,
ligera como el aire,
sin forma como el agua,
me llaman el último cielo,
después, no hay nada.
Pues aunque todo observe desde su movimiento,
estoy quieta, soy infinita, igual que tú.
Escúchame al pasar
a tu lado, dentro de ti.
Soy invisible, pero en todo me manifiesto.
Allá donde mires me encontrarás:
LA CREACIÓN.


Escrito en Manali, India. (Junio 2007)

*Maya
*Nagarjuna