30 dic. 2010

12 dic. 2010

La extinción del nacimiento




“Amor no es mirarse el uno al otro, sino mirar los dos en la misma dirección.”
Antoine De Saint Exupéry

Creo que la mente es de una fragilidad extrema. Caer en sus emboscadas es peligroso. Uno a veces se sitúa en medio de lugares que soñó en el pasado, y revive situaciones irreales. Fragmenta su presente y lo multiplica en la dirección con la que antes especuló. Una cuestión de estructuras. Si a eso se suma la incertidumbre del otro, la imposibilidad de crear juntos paraísos perdidos, uno arde en la tristeza. La tristeza y la extrañeza de enfrentarse a terrenos precintados de antemano. Con la mente no hay atajos. Tan sólo vale desactivar su insaciable afán de construir imágenes. El juego de los espectros, la prestidigitación del amor, lo electro magnético y el ilusionismo, hacen mella en la atención. Ya me estoy empezando a despedir. Sabemos que me voy. Veremos, de qué eres capaz. En los finales uno debe arriesgarse a decir y hacer lo que lleva tiempo escondiendo, para no convertir el espacio en un vacío insondable ¿A qué se puede atrever el que observa cómo lo mejor se aleja? “Arriesgarse es perderse un poco, no arriesgarse es perderlo todo”, decía Maiakovski. No se puede pretender dar normalidad a lo que es extraordinario. Creo que es imposible salvar las palabras que se dijeron. Tan sólo se puede sanar a través del silencio y de la acción. Dicen los científicos, que el cerebro está para sobrevivir, no para encontrar la verdad. Así es, porque la verdad es el amor. El amor solitario y universal. Todo aquello que depende de dos o más personas, requiere de tanta sabiduría, que es casi imposible sobrevivir al esfuerzo sin rendirse. Uno va agotando las ideas, los paseos, las lecturas, los amores, y queda el nuevo día. Como milagro despertando, como henchido mar surcado por gaviotas. Si Dios quiere, regresaré al fuego sacro en unos meses. Ya sin miedo, aceptando todo el vacío que deja partir. Todo ese vacío que deja el saber que las cosas, casi nunca son. Tan sólo parecen ser. Y no son, porque las personas aún no aprendemos a vivir. Hasta lo seres más excepcionales sucumben. Aceptar la pérdida es entender que nada existió. Quiero irme a la India, y allí, nacer o morir. Al fin y al cabo, ya lo he hecho miles de veces. La extinción es volver a nacer.